lunes, 19 de abril de 2010

La ropa de los niños

  

Hay un tiempo cuando nuestros hijos son bien pequeños, en el que a ellos los vestimos como príncipes y les ponemos a las nenas vestidos vaporosos con bordados y puntillas. Les llenamos la cabeza de rulos y así los lucimos en la plaza o ante los parientes con la cara iluminada de satisfacción, en tanto que nosotras, en general, nos ponemos lo que encontramos (o lo que nos cabe) y dejamos de usar alhajas porque podrían lastimar a los más chicos.

Pero un día todo cambia. Y vestirlos deja de ser una empresa feliz, porque, empecinados, se niegan a ponerse todas esas prendas que adquirimos en las mejores tiendas después de recorrer por lo menos veinte vidrieras y que ahora pasan a ser odiadas, cuando no terminan en el suelo hechas jirones.

¿Qué fue de aquella niñita que alisaba su vestido escocés? ¿Qué pasó con ese muchachito que admiraba el brillo de sus zapatos perfectamente lustrados? De pronto tenemos ante nosotras una cara de expresión enojada y un par de ojos que lanzan chispas. Vuela la corbata al recipiente de los residuos, los guantes van a parar a la casa vecina y los ojos de nuestro benjamín se llenan de lágrimas.

Es que ellos, mientras van creciendo, empiezan a imponer sus propias reglas.”¿Cómo voy a salir a la calle sin mis botas nuevas cuando hace tanto frío afuera? ¿Te parece razonable que vaya a una fiesta con zapatos cuando todos van a ir en zapatillas?” En casos como éstos no es difícil ponernos de acuerdo y terminamos aceptando que el pequeño podría resfriarse sin sus botas o desentonaría entre sus amiguitos. Pero a veces las cosas no se ven tan claras y entonces empiezan las concesiones recíprocas: una día él sale sin las botas y otro día va calzado con zapatos.

Un día gana mamá, otro día el niño se sale con la suya; en ambos casos, alguien queda masticando su rabia, hasta que llega la hora en que un abrigo que nos costó una fortuna aparece inexplicablemente con un tajo descomunal, en tanto que nuestro hijo sonríe triunfal luciendo su campera vieja y raída.

bebesyembarazo

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