miércoles, 16 de junio de 2010

Maternidad y trabajo

   Si salimos a trabajar afuera, analicemos primero si realmente lo hacemos para asegurar el pan de nuestro hijo o por otras razones. Lo importante es tomar en serio y asumir lo que verdaderamente queremos hacer, siempre buscando bien en el fondo de nosotras mismas.


Si trabajamos sólo por asegurarnos algunos momentos de soledad, para poder salir sin tener que dar explicaciones o para encontrarnos con otra gente, tenemos que hacerlo sin culpas. Ese deseo es legítimo porque a pesar de habernos convertido en madres no hemos perdido nuestra individualidad. Si sentimos que la angustia nos ahoga, nuestro derecho a salir solas es perfectamente válido y la sonrisa que le brindemos a nuestro hijo cuando realmente tengamos ganas de ofrecérsela será más valiosa para él que una reclusión dolorosa.

Una madre demasiado abnegada tiende a colmar a su hijo de sacrificios tan dolorosos como inútiles y de privaciones en cualquier otro terreno, desconcertándolo y mostrándose más difícil y frágil que el pequeño. Cree saber mucho de su hijo porque fue niña una vez, y olvida que no fue esa misma niña o niño que está en la cuna. Por eso y por mucho más, si pensamos que debemos trabajar, no vacilemos; además, es probable que el trabajo sea lo que nos permita reciclarnos más adelante, cuando nuestro hijo crezca y ya no nos dé excusas para sacrificarnos y nos hagan falta estímulos para seguir creciendo.

Todas las respuestas a nuestras inquietudes que podamos recibir nunca serán absolutas o permanentemente válidas. Mamá, papá y el bebé son todos individuos con personalidad propia y definida. Una vez obtenida la información que requerimos, sólo nos quedará manejarnos todo el tiempo conforme a nuestro propio juicio, y a nuestra intuición maternal.
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